En los entrenamientos en grupo pasan muchas más cosas de las que se ven desde fuera.
Lo que parece solo una clase de 45 minutos con seis personas moviéndose al mismo tiempo, en realidad es un espacio donde cada persona tiene su historia, su ritmo y su proceso. Y ahí está lo bonito.
Cada día veo cómo alguien llega con dudas, con molestias, con una semana dura detrás… y aun así se presenta. Algunos vienen con miedo a lesionarse, otros sin saber muy bien si van a poder seguir el ritmo. Y es ahí donde empieza mi trabajo de verdad: adaptar, escuchar, corregir, animar. Hacer que todos entrenen juntos, pero cada uno a su manera.
Tengo a personas con hernias, a otras con operaciones recientes, a gente que no ha hecho ejercicio nunca. Y todas entrenan juntas. Porque cada movimiento lo adaptamos a su situación. Nadie se queda atrás. Nadie se siente fuera de lugar.
Lo que más me importa es que, cuando salgan por la puerta, se vayan mejor que como llegaron. No solo físicamente, sino también de ánimo. Por eso cada entrenamiento está pensado para que sea dinámico, que se note el esfuerzo, pero también que haya espacio para reírnos, para conectar con los demás y para desconectar de lo que hay fuera.
Además, cada cierto tiempo hacemos valoraciones funcionales para ver cómo está respondiendo el cuerpo. Y en medio, metemos sesiones especiales de pilates, core o suelo pélvico, que ayudan a prevenir lesiones y a reforzar lo que más se necesita.
Mi objetivo no es que entrenes perfecto, sino que entrenes contigo mismo, desde donde estás, y vayas mejorando poco a poco. Y si algo no va bien, lo cambiamos. Sin dramas. Con soluciones.
Porque esto no va de hacer más repeticiones. Va de construir un hábito, rodeado de personas que te entienden, y de un entrenador que está ahí para ti.
Si quieres entrenar en grupo, pero con atención personal… aquí tienes tu sitio.